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Al despertar, la mañana del primero de diciembre de 2025, me di cuenta de que había olvidado recordar a Penélope.
Pero no solo había sido esa mañana; en los últimos doce meses no había dado con recordarla ni una sola vez.
No era algo que me hubiese propuesto. Su presencia en mi vida se desvanecía con el paso del tiempo. Se trataba de un proceso acelerado por el diligente afán de mi mente la cual, frustrada por perder el rastro por la indefinición de su cambiante forma, había decidido que más valía desaparecerla que reconciliar la desincronización con su actual realidad.
Y qué vacío sentí en mi alma esa mañana, cuando, sepultado en una cama de cobijas pesadas, al ver la tenue luz filtrándose entre los pliegues apenas separados de las cortinas, comprendí que me había sido arrancado algo esencial — y encontré insoportable ver ese lugar reemplazado por la simple ausencia y el pertinente lamento de las ambulancias afuera.
Saber que el poder de su recuerdo no me acompañará más, y no poder ver nuevamente la vida a través de sus ojos. ¿Verdes? ¿Eran verdes, cierto? ¿O azules? ¿O ese color al que los americanos llaman hazel?
A través de mis ojos que la amaban.
Mi mente, en un gesto testarudo y orgulloso, también objeta esta mañana a dar con una fotografía de ella, análoga o digital, que me relate algo de su existencia a través del tiempo.
En el caso de Penélope, en todas las fotos que consulté, ya entrada la media mañana, con la claridad que me otorgaba la primera taza de café, concluí que efectivamente era imposible dar con su ser múltiple de diecinueve, veinte y luego veintiún años. Ver las historias de Penélope en Instagram era presenciar a un sujeto en continua fuga de las formas.
¿Por qué no la había pensado desde Año Nuevo?
Quiero recordar que el nuestro fue un amor. Intenso, profundo, pero sobre todo complicado como el mar.
Tengo evidencia.
La primera vez que ella me vio, el día que aparecí en la isla, sintió celos de mi existencia y de la atención que me brindaba su madre. (De este detalle me enteré al día siguiente cuando ella misma me lo confesó.)
Esa misma noche, cuando nos topamos por accidente en el café de La Bohamin, ella acompañada de dos de sus amigas, vestidas en traje de cóctel, y yo con mi viejo atuendo y mi libro que era casi como un escudo, me invitaron a que las acompañara a una fiesta a la que rechacé ir y yo vi que ella en ese momento me miró con curiosidad y también con miedo.
A los pocos días, tras concluir el funeral de su madre, en las escaleras detrás de la catedral del barrio obrero, cerca de la fuente que tenía una estatua con el busto de una sirena, me dijo que me odiaba y que prefería que me fuera.
Y luego, cuando nos encontramos diez años más tarde en la tienda de antigüedades, ella con su vestido rojo, ya diferente y hecha toda una mujer, y yo con mi camisa blanca y pantalones caqui; ninguno pudo entonces resistir la intoxicante atracción que pronto se formó entre nosotros, y nos entregamos a un romance que desafiaría el tiempo y transcurriría por su propia cuenta durante ese largo verano en la isla.
Cómo quisiera en este instante desparramarme nuevamente en el río de ese amor, perder los límites de mi forma en sus corrientes. El mismo río que corría bajo el puente de ladrillos donde la besé por primera vez, y que se depositaba para mezclarse y perderse en la inmensidad del mar. Un río citadino, que es guardián de todas las variantes y que me permitió hacerle trampa a la linealidad de la experiencia.
Quisiera también remitirme a esos breves instantes en donde nuestros ojos se cruzaban, y el corazón se me detenía en el suspenso infinito de saber si los tuyos le sonreirían.
Azules. Tus ojos eran azules.
Pero se me pierde. Se me pierde la imagen, y se me pierde su aroma. Se me pierde la sensación de tenerla en frente, a meros centímetros de mi rostro, y en su lugar me empiezan a confundir las historias que luego escribí y reescribí para tratar de sanar todo eso que nos hicimos. El intento de capturarla en mis cuentos la fue desvaneciendo.
Ella nunca sabrá la acción que dejó el paso de su amor en mí. Ignora por completo que cuando me fui de la isla, yo ya no era la misma persona. Que ella había logrado cambiar algo en mí. Sacudirme de mi forma. Restaurarme mi sensibilidad.
Recordarme que soy poeta y actor; un artista.
Y es que cuando por fin le ofrecí mi corazón ese verano, tras haberlo retirado con cuidado de su duro caparazón, lo ofrecí sin saber que cada una de sus miradas sobre él se sentirían como roces del dorso de una navaja, que dejarían algunos nervios sensibles al toque para siempre.
Perdido en sus ojos azules, sosteniendo en mis manos, frente a todos, un corazón desnudo que latía con una intensidad nunca antes vista, Penélope me enseñó a convertir los gestos en figuras duraderas. Me mostró cómo poder llegar al infinito a través del hipnotizante baile de nuestros juegos mentirosos. Fue así que me hizo entender que ella no era ella, sino todas ellas. (Sucede así con las actrices, sobre todo cuando son extraordinarias.)
Y luego, cuando finalmente nos dijimos adiós, yo la cargué conmigo por muchos meses más, pues en mí aún permanecía el favor de su belleza. Hasta que le perdí el rastro. Hasta que no soporté verla más en fotografías, pues odiaba sentir que no la reconocía. Hasta que opté por solamente mandarle mensajes de feliz año.
Hasta recordarla, después de haberme olvidado recordarla, por un azar del destino, hoy.
Quisiera encontrármela hoy. Quisiera coincidir por azar en alguno de los cafés cerca a la universidad, y poder ver con mis propios ojos la mujer en la que se ha convertido.
Confirmar que, tras el salto de los años, no exactamente los de esa otra vida imposible en donde para ella pasaban diez años y para mí solo unos cuantos días, en esta realidad ella y yo pudiésemos reconfigurar nuestras circunstancias y pudiéramos vivir por anticipado ese romance que me cambiará la vida antes de que este suceda en realidad.
Pero soy un cobarde, y no me atrevo a buscarla. Es preferible continuar imaginando.
Será ya evidente, que algo de magia, de ajeno y de imposible hay en el amor que he relatado [viví/ré] con ella, y estaría convencido de su completa irrealidad de no haberlo sentido, en sus momentos de verdad, con la intensidad que me ha llevado a vivir atado a su recuerdo por tantos años y del cual ha nacido tanto bueno en mí. Me es imposible creer que fui engañado cuando, en el cruce de nuestras tristes miradas la noche que bailamos por primera vez, yo me sentí convencido de que ella, en ese instante, estaba sintiendo lo mismo que yo. Lo que dos almas sienten cuando se reconocen.
Quizás ese es el verdadero motivo por el que mi mente conspiró a espaldas de mi triste alma para tratar de olvidar a Penélope este último año. En el fondo entiende que la trampa que nos hemos tendido como locos contadores de historias es letal.
Los nebulosos laberintos de la mente distraen a mi alma de la llegada del predestinado momento, cuando nuestras edades sean las correctas, y de la profunda tristeza de que, justo ahí, yo ya no sea el mismo y no sepa dar con la tienda de antigüedades, o peor, que ella no esté allí.
Ese dolor es, posiblemente, el más difícil de aceptar: que, después de todo lo mágico y maravilloso que se supone ocurre tras nuestro reencuentro —la vida que vivimos en esa isla misteriosa de dimensiones infinitas—, mi alma no vuelva nunca más a encontrar la suya con la misma intensidad, ni en esta vida ni en ninguna de las demás.
Que ese amor, de verano, en Nueva York, fuera tan solo, y quizás solo para mí, un amor de verano.