la_literatura_ergodica_como_espacio_navegable

La lectura suele concebirse como un trayecto lineal a través de un texto fijo.

Sin embargo, como hemos venido explorando en entradas anteriores, la relación entre escritor, texto y lector ha mutado hacia una dinámica más abierta y participativa. Leer puede asemejarse a navegar un espacio, a deambular por un laberinto diseñado por el autor.

Quizá no sea casual que la metáfora del laberinto describa tan bien esta sensación: cuando leemos un texto que nos obliga a elegir rutas, volver atrás, perdernos y reencontrar un hilo, el cuerpo también participa, en la imaginacion de la orientación de la mirada, en el ritmo, en la atención, como si la lectura fuera un desplazamiento real.

De hecho, Espen J. Aarseth acuñó el término literatura ergódica para referirse a obras que requieren un esfuerzo no trivial por parte del lector para “atravesar” un texto.

En la literatura ergódica, se requiere un «esfuerzo relevante» por parte del lector para atravesar el texto. Si la literatura ergódica tiene sentido en tanto concepto válido, entonces debe haber también una literatura no-ergódica, donde el esfuerzo por atravesar el texto sea trivial, sin responsabilidad extranoemática para el lector, más allá de mover los ojos o pasar las páginas.

Aarsethse, E.J. (1997) Cybertext: Perspectives on Ergodic Literature: Johns Hopkins University Press

En tales obras, el lector deja de ser un receptor pasivo y “debe participar activamente en la construcción del texto”.

Esta idea guarda relación con la noción de obra abierta de Umberto Eco, quien ya en 1962 señalaba que “toda obra de arte está sustancialmente abierta a una serie virtualmente infinita de lecturas posibles”.

Eco describió incluso una categoría de obras en movimiento que parecen inacabadas y dan la sensación de que es el lector quien tiene que acabarla. En ellas, “el autor ofrece al usuario una obra por acabar”, invitando a una “intervención orientada, a insertarnos libremente en un mundo que, sin embargo, es siempre el deseado por el autor”.

En este contexto, podemos afirmar que una de las posibles tareas del escritor contemporáneo, no solo sea producir un texto, sino coreografiar desplazamientos: diseñar para el lector una experiencia espacial, una travesía a través de múltiples recorridos posibles.

Es evidente que autores modernos y contemporáneos han reimaginado la lectura como una experiencia no meramente lineal sino espacial, en la que el lector se mueve física, cognitiva y hasta emocionalmente por la obra.

En este post analizaremos cómo escritores como Julio Cortázar, Italo Calvino, Anne Carson, Mark Z. Danielewski o David Mitchell, entre otros, han asumido el rol de arquitectos y coreógrafos de la lectura. Mediante estrategias narrativas novedosas, ellos convierten sus textos en laberintos, mapas o juegos, atendiendo a los aspectos físicos, cognitivos y afectivos del acto de leer.

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Antes de adentrarnos en casos particulares, conviene esclarecer qué entendemos por desplazamiento en la lectura.

Podemos distinguir al menos tres dimensiones fundamentales en que el escritor contemporáneo coreografía el recorrido del lector:

  • Desplazamiento físico: obras que implican movimiento corporal o interacción material inusual con el texto impreso (por ejemplo, voltear el libro, saltar capítulos, desplegar páginas especiales), haciendo que la lectura sea también una experiencia táctil y espacial.

  • Desplazamiento cognitivo: narraciones que exigen al lector reorganizar fragmentos, elegir rutas, resolver rompecabezas narrativos o mantener múltiples hilos argumentales, fomentando una participación mental activa para “encontrar posibles conexiones” y armar una macroestructura coherente.

  • Desplazamientos afectivos: estructuras textuales que buscan trasladar al lector las emociones de la historia (confusión, ansiedad, asombro, libertad), de modo que la forma en que uno navega el texto encarne sentimientos. El diseño narrativo puede provocar en el lector desde la “claustrofobia” y la sensación de perderse, hasta la euforia lúdica de un juego o la introspección melancólica de una búsqueda personal.

A continuación, exploraremos detalladamente cómo estos principios se manifiestan en obras representativas de los autores mencionados, con un lenguaje que entrelaza lo poético y lo teórico. Veremos cómo cada escritor diseña el recorrido del lector como una forma de desplazamiento único, ampliando los límites estéticos, filosóficos y literarios de la lectura.

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Julio Cortázar, fotografía de Sara Facio (1967)
Sara Facio. Julio Cortázar, 1967. Wikimedia Commons.

Uno de los precursores de la lectura no lineal en la literatura hispanoamericana es Julio Cortázar con su novela Rayuela (1963). Ya había hablado de Cortazar antes en una entrada anterior y en mis notas.

En el tablero de dirección al inicio del libro, Cortázar deja claro que propone una experiencia diferente: “este libro es muchos libros, pero sobre todo dos”, advierte, e incluso reconoce con asombro que hay lectores que se han inventado sus propios itinerarios en el libro. Rayuela ofrece explícitamente “la posibilidad de elección” al lector, “de no encuadrar la lectura de una manera convencional y ofrecer más de una lectura”. Es decir, el texto está construido para que cada quien pueda recorrerlo por caminos alternativos sin que el sentido de la historia se anule.

Cortázar plantea dos secuencias principales de capítulos: una lectura “normal” (del capítulo 1 al 56) y una lectura alternativa salteada siguiendo un orden indicado en el Tablero.

Esta segunda vía hace honor al título de la novela (la rayuela es un juego infantil de saltos): el lector salta de un capítulo a otro según una coreografía establecida, experimentando la narración como un trayecto zigzagueante. Incluso se ha señalado que subyace una tercera posibilidad de lectura oculta entre las dos primeras, lo que refuerza la idea de un libro infinito en potencia. En cualquier caso, Rayuela rompe la secuencialidad rígida y hace del juego su principio organizador.

Esta configuración otorga al lector un rol protagónico inusual. Cortázar aspira a un “lector cómplice, un lector activo y no pasivo, que ayuda a completar la obra”. Como afirma un crítico citado por Daniel López en Rayuela, itinerarios de lectura para un libro infinito, Rayuela propone “un modelo variable de lector” que debe “aprender a jugar” con la novela. De hecho, se ha dicho que “el lector es el protagonista de Rayuela”, puesto que la novela “parte de la premisa de proporcionar al lector la posibilidad de elección frente al texto” y convertirlo en co-creador del sentido.

La metáfora lúdica es clave: Cortázar convierte la lectura en un juego interactivo. Los fragmentos narrativos son como piezas que el lector puede reorganizar, y Cortázar explícitamente “alienta al lector a que juegue con los fragmentos, a que los interprete y los reordene”.

Portada de Rayuela, edición Alfaguara 2013
Editorial Alfaguara. Rayuela, 2013. Wikimedia Commons.

En Rayuela el desplazamiento físico se manifiesta en el ir y venir de páginas —el lector hojea constantemente hacia adelante y atrás según la ruta elegida—, rompiendo la linealidad material del libro. El desplazamiento cognitivo es evidente: hay que recordar qué sucedió en un capítulo leído quizás decenas de páginas antes y conectar tramas dispersas, construyendo mentalmente una “visión de conjunto” o macroestructura narrativa. Esto demanda una lectura atenta y creativa, casi investigativa. Finalmente, existe un desplazamiento afectivo: la misma estructura lúdica genera en el lector una mezcla de libertad, desconcierto e incluso frustración productiva. Leer Rayuela implica arriesgarse a salir de la zona de confort del lector tradicional y aceptar el riesgo de un juego literario.

Cortázar, con su contranovela, buscó “maltratar” un poco al lector para hacerlo despertar, obligándolo a un tipo de lectura más intenso y comprometido. En suma, Cortázar coreografía un desplazamiento donde el lector salta, elige y construye, transformando la novela en una experiencia espacial y participativa más que en un relato lineal consumido pasivamente.

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Italo Calvino, fotografía ante 1985
Italo Calvino, ante 1985. Wikimedia Commons.

Italo Calvino, gran experimentador de la forma narrativa, llevó aún más lejos la idea de la lectura como navegación. Su novela Si una noche de invierno un viajero (1979) es paradigmática: en ella, Calvino crea un sofisticado laberinto de relatos que metaficcionalmente explora la lectura misma.

La novela se compone de diez comienzos de novelas diferentes, cada una de estilo y trama distintos, “cada una interrumpida en un momento de suspenso”, intercaladas por capítulos donde el protagonista es el Lector en segunda persona. El resultado es, en palabras de un comentarista, “una novela singular… que ofrece no una sino diez novelas” y cuyos fragmentos “en conjunto forman un laberinto literario… a través del cual dos lectores persiguen las tramas que les intrigan”. Calvino literalmente coreografía la confusión y la curiosidad del lector: nos hace empezar a leer una historia tras otra, solo para arrebatárnosla en su clímax y lanzarnos a una nueva búsqueda.

El desplazamiento cognitivo aquí es evidente: el lector de Si una noche… se siente desorientado, obligado a “saltar de un libro al siguiente”, adaptarse a géneros cambiantes y preguntarse cómo (o si) encajan entre sí esos relatos inconclusos. La sensación, como ha dicho un crítico, es la de estar ante un espejo deformante o dentro de un sueño recurrente. No es casual que Calvino mencione en la novela que “la lectura es soledad” al inicio, pero luego demuestre que leer también puede ser un acto poblado de presencias: “eres simplemente un lector y en paralelo hay otros como tú… él (el autor) te ha leído”, escribe Calvino, enfatizando la maraña continua que une todas las vidas y ficciones. En efecto, el autor nos recuerda que cuando leemos nunca estamos completamente solos, pues entramos en un laberinto compartido con narradores, personajes y otros lectores.

Calvino diseñó Si una noche… como un laberinto autorreflexivo. Ha sido comparado con Borges en tanto “diseñó su laberinto” literario de manera consciente. Cada interrupción en la novela de Calvino fuerza al lector a buscar conexiones: John Mullan observa que “la estructura de interrupciones fuerza conexiones en el lector… agudiza el apetito del lector por conectar las partes” de una historia mayor. En otras palabras, al negarnos la continuidad, Calvino nos coreografía hacia un estado de alerta interpretativa máxima. Inevitablemente buscamos un hilo conductor que nos guíe en el laberinto de textos, y en esa búsqueda quizá descubrimos el verdadero tema unificador de la novela: la propia pasión de leer, con sus placeres y frustraciones. Calvino, en Si una noche…, juega a perder y reencontrar al lector en cada capítulo, logrando a la vez un efecto lúdico (nos fascina el juego de seguir pistas) y metafísico (reflexionamos sobre qué significa leer y quién controla la narración).

Hiver (Le Loup dans la neige), de Félix Bracquemond
Félix Bracquemond. Hiver (Le Loup dans la neige), 1864. Metropolitan Museum of Art.

En términos de desplazamientos: Si una noche… exige un movimiento intelectual constante —el lector salta de una voz narrativa a otra, de un mundo diegético a otro, teniendo que reorientarse sin cesar—; demanda también una cierta disposición física, si bien menos literal que en otros casos (aquí no hay que saltar páginas hacia atrás, pero sí empezar capítulos “desde cero” repetidas veces, casi como tomar varios libros diferentes uno tras otro). Y desde luego produce un desplazamiento afectivo: la novela genera alternativamente intriga, extrañeza, humor y, finalmente, una suerte de romanticismo hacia el acto de leer mismo (pues, pese a su complejidad experimental, Si una noche… termina siendo “profundamente romántica, una meditación sobre el poder transformador de la lectura”).

Calvino demuestra así que el escritor puede coreografiar la lectura como una exploración laberíntica donde el lector se pierde para volver a encontrarse, experimentando el texto como un espacio que se recorre más que como una historia lineal que seguir.

Cabe mencionar que Si una noche de invierno un viajero es solo un ejemplo de la preocupación de Calvino por la espacialidad narrativa. En Las ciudades invisibles (1972), aunque la lectura es lineal, la estructura del libro (descripciones breves de ciudades imaginarias dispuestas según un patrón simétrico y combinatorio) invita a concebir el conjunto como un mosaico espacial donde cada ciudad es un punto en una red de significados.

Calvino, influido por el pensamiento combinatorio y la multiplicidad, concibe la literatura como un mapa de posibilidades. Él mismo, en sus Seis propuestas para el próximo milenio, elogió la multiplicidad y comparó al escritor con quien diseña un laberinto o un sistema galáctico de narraciones interconectadas. La diferencia en Si una noche… es que sumerge directamente al lector en ese laberinto, convirtiéndolo en protagonista explícito (el personaje “Tú, Lector”).

En resumen, Calvino coreografía desplazamientos mentales y emocionales que hacen del acto de leer una aventura consciente de sí misma.

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Anne Carson, poeta, en la lectura de finalistas del National Book Awards 2024
Jay Dixit. Anne Carson en el National Book Awards 2024, 2024. Wikimedia Commons.

La poeta y ensayista canadiense Anne Carson ofrece otro enfoque sobre la lectura como desplazamiento, a medio camino entre lo textual y lo material. Muchas de sus obras experimentan con el formato del libro y la secuencialidad, desafiando al lector a una navegación poco convencional.

Un caso notable es Nox (2010), un libro-objeto singular que Carson concibió como elegía a su hermano fallecido. Nox se presenta físicamente como una caja que contiene un acordeón de páginas plegadas: es decir, está impreso en una sola tira continua de papel doblada múltiples veces. Para leerlo, el lector no pasa páginas de manera tradicional, sino que despliega el largo pliego, expandiendo el texto en el espacio.

Esta inusual disposición convierte la lectura en algo cercano a recorrer un archivo o efectuar una excavación. De hecho, se ha dicho que “la experiencia de moverse a través de Nox… evoca la excavación arqueológica de la memoria”. La metáfora es precisa: Carson reúne en Nox fragmentos de recuerdos, fotografías, definiciones de un poema latino de Catulo, notas personales; el lector avanza por ese collage como explorando capas de un yacimiento emotivo.

El desplazamiento físico en Nox es evidente: el lector manipula el libro desplegándolo sobre una mesa o en sus manos, quizás viéndose rodeado por la larga cinta de papel. Esta experiencia táctil lenta nos hace tomar conciencia de cada fragmento. El desplazamiento cognitivo reside en la lectura no lineal de los contenidos: Nox no tiene una narración seguida, sino una acumulación de fragmentos que el lector conecta para reconstruir, en cierto modo, la historia y el sentimiento de pérdida que los atraviesa. No hay una única ruta obligatoria para comprender el conjunto; más bien, uno vaga por las entradas del diccionario, las memorias familiares y las reflexiones líricas, armando su propio mapa del duelo. Y el desplazamiento afectivo es quizás el más poderoso: Nox busca replicar en su forma el movimiento errático y circular del duelo. Carson propone un “camino serpenteante” de lectura donde “la obra se mueve como se mueve el duelo: en espiral, en una bandada de fragmentos, cada momento presente quebrado por la historia invisible”.

El lector, al desplazarse por Nox, puede sentir la confusión, las repeticiones y giros de la memoria doliente; la necesidad de volver atrás, releer, repasar fotos, exactamente como alguien que intenta recomponer el recuerdo de un ser querido.

La escritura de Carson a menudo enfatiza esa cualidad espaciada y fragmentaria. En sus otros libros también experimenta con la disposición: por ejemplo, Float (2016) es una colección de veintidós cuadernillos separados, entregados en una caja, “pensados para leerse en cualquier orden”. Es decir, Carson deliberadamente renuncia a fijar una secuencia: el lector de Float literalmente elige por cuál folleto comenzar y por cuál seguir, flotando entre textos diversos que, sin embargo, dialogan temáticamente.

Nuevamente, la autora coreografía un desplazamiento libre pero no caótico: es una “intervención orientada”, al estilo de la obra abierta ecoana, donde el mundo propuesto es el de Carson pero la navegación específica la determina el lector. En Float, esa ruptura de la linealidad refleja las preocupaciones de Carson por la traducción, la pérdida y la multiplicidad de significados. Al desordenar intencionadamente el libro, la autora nos invita a asumir la responsabilidad de ordenar (o desordenar) el contenido, de crear nuestro propio itinerario poético.

Con Anne Carson, la lectura se vuelve una suerte de coreografía íntima. Sus textos piden al lector que los toque, los desdoble, los disperse sobre el suelo si hace falta. Así, el cuerpo del lector entra en juego (pasar una página ya no es automático, es un acto consciente de construcción espacial), la mente del lector se enfrenta a fragmentos que requieren ensamblaje y traducción (como piezas de un álbum de memorias), y el corazón del lector se ve reflejado en esas formas rotas, experimentando la poesía no como discurso lineal sino casi como un sitio que se habita.

Carson, que también es clasicista, conecta con formas antiguas de lectura: el rollo continuo, la lectura como contemplación más que como consumo. Su escritura coreografía desplazamientos sutiles, deambulaciones por la frontera entre sentido y sensibilidad. En este sentido, Carson amplía el valor estético de la no linealidad: no es sólo un juego formal, sino una vía para incitar “una noción más abierta y desprejuiciada de lo que suele entenderse por lectura”, especialmente en poesía. La experiencia estética de sus obras reside tanto en qué dicen como en cómo nos movemos a través de ellas.

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Mark Z. Danielewski con sombrero y gato
Emman Montalvan. Mark Z. Danielewski, 2016. Wikimedia Commons.

Si hay un autor contemporáneo que personifique al “diseñador narrativo” que coreografía desplazamientos extremos, ese sería Mark Z. Danielewski, especialmente con su novela House of Leaves (2000), traducida al español como La casa de hojas.

Esta obra culta y experimental se ha convertido en un fenómeno de culto precisamente por su formato radicalmente ergódico. Como señala la crítica, “hay libros que se leen. Pero Casa de hojas se habita”.

Danielewski no escribió simplemente una historia de terror posmoderno; construyó un espacio literario tridimensional en el que el lector entra como quien cruza el umbral de una casa misteriosa. De hecho, la novela juega con la imagen de una casa infinitamente laberíntica cuyo interior desafía las leyes físicas (más grande adentro que afuera), y traslada esa extrañeza a la forma misma del libro.

En La casa de hojas, el formato y la estructura tipográfica son parte integral de la narrativa, alejándose de las convenciones hasta el punto de constituir una obra de literatura ergódica ejemplar.

El texto está saturado de notas al pie (notas dentro de notas, a varios niveles), de tipografías de distintos colores, palabras tachadas, y disposición del texto en la página de maneras inusuales. Algunas páginas muestran solo unas pocas palabras dispersas, otras tienen bloques de texto invertido o colocado en diagonal, simulando visualmente los eventos que narran (como pasajes estrechos o habitaciones giratorias).

Esto obliga materialmente al lector a desplazarse: para leer hay que girar el libro 90 grados o incluso 180 en ciertos momentos, seguir flechas, saltar a apéndices, usar espejos para descifrar texto al revés.

Danielewski empuja al lector fuera de la lectura cómoda: “somos empujados por una disposición tipográfica que a menudo nos obliga a rotar el libro, buscar referencias cruzadas, leer en espiral o enfrentarnos a páginas con una sola palabra”. Este componente físico, dar vuelta al volumen, pasar páginas adelante y atrás constantemente, cambiar la orientación de la mirada, hace que leer House of Leaves sea una performancia tanto como una lectura.

A la par, el lector se enfrenta a un intrincado juego cognitivo: la novela presenta múltiples narradores y capas narrativas.

Tenemos el manuscrito de Zampanò (un crítico ciego escribiendo un análisis de una película documental posiblemente ficticia sobre la casa), las notas y vivencias de Johnny Truant (quien encuentra el manuscrito) y hasta editores ficticios que anotan al margen. Estas voces se intercalan y comentan unas a otras. El lector debe decidir en qué orden atender a las notas y al texto principal, cómo ensamblar las piezas dispersas de la historia de la casa Navidson y la progresiva locura de Johnny.

En palabras de un artículo escrito por La Sexta, “no solo navegamos entre narradores poco fiables, sino que… este artificio formal reproduce el desconcierto de sus personajes, su paranoia, su pérdida de sentido”.

Diseño micrográfico en forma de laberinto (anónimo, principios del siglo XVII)
Anónimo. Micrographic Design in the Shape of a Labyrinth, principios del siglo XVII. Metropolitan Museum of Art.

Danielewski deliberadamente siembra laberintos tanto en la historia (una casa con pasillos infinitos que se reconfiguran, donde los personajes se pierden) como en el discurso (un texto que se bifurca en notas de notas, referencias falsas, códigos ocultos).

El lector se convierte en explorador e investigador: un intruso dentro de la “casa” del texto, buscando salida o significado entre muros tipográficos cambiantes. No es casual que se la compare con una novela-juego o puzzle: requiere anotar, marcar páginas, quizás leer con varios dedos puestos en diferentes secciones.

Las emociones que esta experiencia genera están estrechamente vinculadas a la forma. La casa de hojas es, en parte, una novela de terror, y Danielewski logra que el lector sienta ese terror en carne propia a través de la desorientación formal. Páginas en blanco o con texto mínimo rodeado de espacios enormes transmiten una agorafobia inquietante, mientras que párrafos apelotonados en recuadros diminutos inducen claustrofobia, replicando las sensaciones de los personajes perdidos en túneles estrechos.

El lector experimenta confusión, ansiedad, prisa al encontrar páginas donde debe dar vuelta el libro repetidas veces para seguir una frase en espiral –lo cual puede acelerar el ritmo cardíaco como si uno mismo girara en la oscuridad. Este efecto afectivo no es un truco gratuito: “no es un juego visual. Es un síntoma”, dice el artículo, subrayando que la forma refleja el contenido emocional.

De hecho, Danielewski declaró que House of Leaves es en el fondo una historia de amor y de duelo (escrita tras la muerte de su padre) camuflada de historia de horror. La casa imposible simboliza el vacío y el dolor, y el lector, al perderse en ella, empatiza radicalmente con esas emociones primarias: “el miedo más primitivo: el de perderse, el de no saber si lo que pisas es real”.

The Customs House at Varengeville, de Claude Monet
Claude Monet. The Customs House at Varengeville, 1897. The Art Institute of Chicago.

Mark Z. Danielewski es consciente de su rol como diseñador. Se le ha llamado “el arquitecto del abismo”, y el propio artículo de La Sexta afirma: “Mark Z. Danielewski no es solo un escritor. Es un diseñador narrativo. Cada decisión tipográfica… es parte de la narración. No es decoración. Es estructura. Es contenido”.

Otros autores han seguido caminos similares inspirados por Danielewski –por ejemplo, J. J. Abrams y Doug Dorst con S. El barco de Teseo, con sus notas al margen simulando lectores comunicándose, o novelas como Infinite Jest de David Foster Wallace con sus interminables notas al pie. Todas estas obras “hacen del texto un laberinto, del lector un intruso y del papel un espejo”, como se ha dicho de Casa de hojas. Pero ninguna quizá ha llevado el artificio tan lejos. La casa de hojas convierte al lector en personaje más, en un autor secundario que arma y sufre la historia. “Su mayor virtud —y desafío— es que convierte al lector en parte del texto”, es decir, en co-creador de la obra a través del recorrido.

En resumen, Danielewski coreografió en House of Leaves un desplazamiento total: corporal (haciendo que nuestras manos y ojos bailen con la página), intelectual (resolviendo un rompecabezas narrativo de múltiples niveles) y emocional (provocando angustia, maravilla y obsesión similares a las de sus personajes). Es una experiencia estética inmersiva donde el lector-performer explora un espacio narrativo casi literal.

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David Mitchell, fotografía de Mariusz Kubik
Mariusz Kubik. David Mitchell, 2006. Wikimedia Commons.

A diferencia de Danielewski, cuyo énfasis recae en la tipografía y la materialidad, el escritor británico David Mitchell explora la no linealidad mediante complejas estructuras temporales y narrativas.

Sus novelas, en particular Cloud Atlas (2004) –traducida como El atlas de las nubes–, ofrecen al lector un desplazamiento a través del tiempo, los géneros y las voces, armando un rompecabezas de gran escala. Cloud Atlas consta de seis historias ubicadas en épocas y lugares distintos (desde el Pacífico del siglo XIX hasta un futuro post-apocalíptico), cada una escrita con un estilo diferente (diario de viaje, cartas, thriller, farsa contemporánea, entrevista distópica, relato oral tribal).

La originalidad estriba en que estas historias están entrelazadas de forma simétrica: las primeras cinco se interrumpen a la mitad para dar paso a la siguiente, y la sexta (la más futurista) aparece completa en el centro, tras lo cual las cinco tramas iniciales se retoman en orden inverso hasta concluir cada una. La estructura es la de unas muñecas rusas o un anillo narrativo: A, B, C, D, E, F, luego E’, D’, C’, B’, A’.

Como explica Lorenzo Dávalos, “las seis historias se presentan primero en orden cronológico y luego en orden inverso”, estando “vinculadas de modo que cada historia es leída, escuchada u observada por el personaje principal de la siguiente”. Esto significa que los personajes de cada era reciben de algún modo (mediante un libro, unas cartas, una película, etc.) la historia de la era anterior. Mitchell crea así un efecto de espejo entre tramas: todas están conectadas por el acto de narrar y de transmitir relatos a través del tiempo.

El desplazamiento del lector en Cloud Atlas es principalmente cognitivo y temporal. Mitchell nos hace saltar de un relato a otro bruscamente: por ejemplo, pasamos de leer el diario de 1849 y quedamos súbitamente cortados sin desenlace; luego estamos leyendo las cartas de 1936 de un músico, que a su vez lee el diario inconcluso anterior, y también su historia se corta; y así sucesivamente.

Flower Clouds, de Odilon Redon
Odilon Redon. Flower Clouds, c. 1903. The Art Institute of Chicago.

Cada vez, el lector debe adaptarse a un nuevo lenguaje, tono y formato. Este shock de cambio repentino es similar al recurso de Calvino, pero Mitchell mantiene una arquitectura más soterrada que se revela gradualmente. La “estructura de interrupciones” en Cloud Atlas igualmente “fuerza conexiones en el lector”: nos vemos motivados a buscar cómo se relacionan estas vidas separadas por siglos.

Al retomar cada historia en la segunda mitad de Cloud Atlas, David Mitchell convierte la lectura en un acto de reconocimiento: cerramos círculos narrativos y, con cada regreso, reescribimos mentalmente lo ya leído. Esa arquitectura simétrica exige memoria y atención sostenidas, pero no como un puro juego formal: el sentido emerge cuando el lector detecta ecos entre épocas, motivos que reaparecen (como la marca de nacimiento en forma de cometa) y temas que resuenan a través de siglos. La recompensa no es solo entender el patrón, sino sentir cómo la estructura produce una emoción propia: la reconexión.

Lo singular del “desplazamiento” en Mitchell es que no depende de maniobras físicas, sino de una coreografía temporal: nos obliga a oscilar entre relatos, tiempos y voces como quien recorre un mapa invisible. El lector se vuelve casi un intérprete musical, sosteniendo un tema mientras suenan otros, anticipando retornos y reconociendo variaciones; la novela premia esa supervivencia a la interrupción porque transforma la discontinuidad en coherencia acumulativa. En lugar de llevarnos por un camino, Mitchell nos hace habitar el trayecto mismo: un ir y venir mental que construye, a la vez, la unidad del conjunto y su impacto afectivo.

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En esta entrada hemos visto diversas manifestaciones de una coreografía literaria basada en desplazamientos no lineales. Cada autor, desde su estilo y contexto, ha diseñado experiencias de lectura que invitan al lector a moverse física, cognitiva y afectivamente a través del texto.

  • Cortázar convierte la novela en un juego interactivo, dotando al lector de agencia para saltar capítulos y armar el relato, encarnando así la teoría del lector cómplice que completa la obra.
  • Calvino erige laberintos autorreflexivos, donde la fragmentación y la multiplicidad obligan al lector a perderse y hallarse, dramatizando el acto mismo de leer como aventura intelectual.
  • Carson experimenta con el formato físico-poético, haciendo de la lectura un despliegue material que refleja movimientos internos del corazón y la memoria, y liberando la poesía de la secuencia fija.
  • Danielewski empuja la literatura hacia el espacio tridimensional, integrando texto y tipografía en una arquitectura narrativa que envuelve al lector físicamente, mentalmente y emocionalmente en un laberinto sensorial.
  • Mitchell, por su parte, ensambla estructuras polifónicas temporales, proponiendo al lector un viaje a través de épocas y estilos cuya recompensa es la visión de un mosaico humano interconectado, accesible solo tras navegar sus interrupciones.

Pese a la diversidad de estilos y objetivos, en todos subyace la idea de que la literatura puede ser más que un relato lineal: puede ser un espacio navegable, un mapa de significados o un circuito emocional. El escritor contemporáneo, entonces, se parece a un coreógrafo en tanto dispone pasos (capítulos, fragmentos, enlaces) que el lector deberá seguir o incluso improvisar. Cada lector realiza la “coreografía” a su modo —dentro de los límites establecidos por el autor—, convirtiendo la obra en una performance única en cada lectura.

Este giro espacial y no lineal tiene un profundo valor estético, filosófico y literario.

  • Estéticamente, enriquece la experiencia del lector al involucrar más sentidos y desafiar la percepción convencional del tiempo narrativo.
  • Filosóficamente, cuestiona el concepto de verdad única o de narración autoritaria, celebrando en cambio la multiplicidad, la ambigüedad y la participación del receptor en la creación de sentido (recordemos la “obra abierta” de Eco y cómo estas obras invitan a interpretaciones personalizadas).
  • Literariamente, estas prácticas dialogan con la tradición (el manuscrito encontrado, las cajas chinas, los cuentos dentro de cuentos) a la vez que la transcienden mediante recursos posmodernos y posdigitales, acercando la literatura a otras artes (la música, la arquitectura, la danza, los nuevos medios) en su manera de construir experiencias.

Importa subrayar que la navegación no lineal no es un simple alarde técnico; viene cargada de significado. Cuando un escritor nos obliga a elegir nuestro camino en la historia, nos está hablando también de libre albedrío, de la naturaleza fragmentaria de la realidad, de la subjetividad de toda lectura del mundo. Cuando el texto se hace laberinto, nos encontramos cara a cara con la incertidumbre y la necesidad de sentido que caracterizan la condición humana. Y cuando la lectura deviene viaje físico y emocional, nos recuerda que leer es vivir temporalmente en otro cuerpo, en otro espacio, con otras reglas —es movernos más allá de nuestra propia identidad.

Así, el escritor-coreógrafo del presente milenio nos propone un pacto diferente: yo te doy un mundo abierto; tú, lector, recórrelo. En ese recorrido, físico o imaginario, reside un nuevo tipo de belleza literaria. La belleza de perderse y descubrir; de ser un poco autores de lo que leemos; de sentir en la piel el espacio de la ficción.

Referencias

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Cultura Genial. (s. f.). Rayuela de Julio Cortázar: resumen, análisis y frases célebres. https://www.culturagenial.com/es/novela-rayuela-de-julio-cortazar/

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López Boncina, D. (2022). Rayuela, itinerarios de lectura para un libro infinito: de la lectura cronológica a la matemática [PDF]. https://www.researchgate.net/publication/365887384_Rayuela_itinerarios_de_lectura_para_un_libro_infinitode_la_lectura_cronologica_a_la_matematica

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